La Misión

Estaba sentada sobre el capó de un coche, enseñando el tanga sobre su pantalón deportivo y mascando chicle. Era la perfecta rubia, alta, ojos azules y carita de niña. Y con esa pinta de golfa y deslenguada que dan un morbo especial. Su papi, un tío con mucha pasta, me puso tras sus pasitos.
Estaba liada con uno de esos gilipollas con cara de malo y una scooter tuneada. Por mi, le hubiera partido las piernas según le vi como la metía la mano por la parte trasera del pantalón, pero soy todo un profesional. Cogí el enésimo cigarro con la mano izquierda, mientras sacaba fotos con la otra. El tipo este arrancó la moto y se la llevó, eso sí, para ello hizo un caballito con la moto mientras se alejaban calle abajo. Les seguí con el coche, durante más de quince minutos, hasta que pararon en un parque. Eran las ocho y media y empezaba a anochecer. El seguía subido en la moto y ella de pie, a su lado, le comía el morro. Dejé de mirar justo cuando ella se agachó entre sus piernas, y me volví a mi casa.
Al día siguiente, las fotos estaban encima de la mesa del despacho de papi. No estaban mal. Era grande, con un ventanal al fondo desde el que se veía toda la calle y una secretaria de vértigo. El maromo, según lo que había oído, era el director financiero de no sé qué holding y creo que daba clases en alguna escuela de negocios o algo así, pero estaba más preocupado del funcionamiento de la empresa que de la vida de su hija. Cuando él apareció en la sala, yo me sobresalté. Era orondo y no muy alto, con un pelo canoso y una sonrisa de hijo de puta en la cara que asustaba. Antes de ver las fotos me pidió que le acompañara a tomar un café, nos subimos en su Porsche 911 negro y me llevó a una cafetería al borde del mar. Allí le enseñé parte de las fotos que saqué el día anterior. La verdad es que no se sorprendió mucho y esto sí que me sorprendió a mí. Pidió que el resto de fotos se las mandara por correo a un código postal. El seguimiento volvió esa misma tarde. Justo después de clase, se subió a casa de un tal Johnny, que no me pareció el capullo del día anterior. Allí estuvo hasta las nueve de la noche. El día siguiente, yo esperaba dentro de mi coche a la puerta del colegio a que saliera al recreo pero no salió. Cuando me abroché el cinturón para marcharme escuché un toque en el cristal. El conserje del colegio me hizo señas para que bajara la ventanilla, y le hice caso. Ella me mandó un mensaje en un papelito que decía algo así como “Sé quién eres, y se para quien trabajas. A las cinco recógeme en la puerta trasera”.
Así fue, a las cinco puntual, allí estaba yo. Ella se subió en el coche sin preguntar y me dijo “Arranca, yo te indico.” La hice caso sin rechistar. Después de cinco minutos empezó con un “Sé que mi padre te paga para que me sigas”. Tenía el mismo toque siniestro que papi y la misma sonrisa. Me estremecí. “Te pago el doble si no me tocas los cojones.”. Me gusta el modo de actuar de la nena, sabe cómo trabajar. “Mejor, espía a mi padre.”. Será una hija de puta, pero me gusta su estilo.
Esa misma tarde me puse con la nena a hacer unas supuestas fotos robadas, para mandárselas al padre la mañana siguiente.
Cuando empecé a seguir al padre me di cuenta de que estaba metido en el fango hasta las orejas: sobornos, drogas, putas, pelotazos urbanísticos. Tenía bien diversificado su negocio, y seguro que también había algo más pero tampoco decidí asomarme mucho más a su vida.
Un viernes le seguí después de salir del despacho, hasta una casa en las afueras. Dejó el coche afuera y entró saludando a los dos rumanos de dos metros. Yo conseguí subirme a un árbol que había detrás de la casa, desde donde se veía todo el jardín trasero y parte del salón, por los amplios ventanales. En el patio trasero había unas veinte personas y dentro de la casa otras tantas. Papi estaba hablando con el que parecía el dueño de la casa, ya que le estuvo dando whisky y puros durante toda la noche. Cuando los camareros que pululaban por la casa con champán, whisky, caviar y demás, se marcharon se montó una buena fiesta. Empezaron a aparecer mujeres que se desnudaron y allí empezó una orgía de las que los romanos se sentirían orgullosos.
Uno de los animales que custodiaban el perímetro de la casa se percató de mi presencia en el árbol y subió a por mí. Lo que sucedió después no fue nada bonito: patadas, puñetazos, golpes en la cabeza… Me partieron la cara y algunas costillas aunque por lo menos no encontraron la cámara de fotos que deje escondida en el árbol.
Una vez recuperado, en parte, quedé con la hija para ver las fotos de la fiesta, ella no hizo la más mínima mueca con lo que vio; la verdad que empezaba a comprender ciertas cosas relacionadas con el carácter familiar. Se encendió un canuto que llevaba en una pitillera y me echó todo el humo sobre la cara. Una lágrima bajó por su mejilla, creo que sí la importó más de lo que me pareció en un principio. Decidí acompañarla hasta el piso que tenía en el centro, realmente era un piso que el padre compró hace años y que ella utilizaba de vez en cuando como picadero o para montar fiestas. Subimos hasta el octavo, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.
Cuando entramos en su casa, fue derecha a la cocina y sacó una botella de vodka y dos vasos de chupito. Llenó los dos hasta el borde, los cogió y se los bebió de trago. Me contó entre lágrimas, que su madre había muerto en un accidente de coche con su hermano pequeño, iban al entrenamiento de fútbol, en las afueras, cuando un camión se cruzó en la carretera y no pudo esquivarlo. El padre nunca se recuperó y para evitar pensar en ello se centró en el trabajo dejando de lado a la hija. Me contó como el padre se dedicaba a emborracharse y a montar orgías y fiestas. Sentí cierto grado de complicidad. Llenó de nuevo los vasos y dijo “¡Qué se muera!” y esta vez me ofreció uno de ellos, brindamos y bebimos. Se levantó de la mesa sin decir nada, se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas con la manga de la camisa y se fue hasta el salón donde miraba por la ventana con los ojos perdidos entre la gente que paseaba. Se giró hacia mí, y con la voz temblorosa me preguntó si estaba casado. La negué con la cabeza. Afuera, el agua golpeaba los cristales. Se abalanzó contra mí y me besó en los labios, rápidamente me separé y me disculpé, recordé la escena del parque. Ella se repuso pero no se sonrojó. Se giró hacia el mueble bar cogió la botella de Jack Daniel´s y dio un trago.
Se dirigió hacia una de las estancias del fondo del piso, y trajo un revólver Colt del 38 especial y puso una bala en el tambor y lo hizo girar. Volvió a coger la botella de whisky y dio un largo trago. Puso el cañón sobre la sien derecha, echó hacia atrás el martillo y apretó el gatillo. El percutor golpeó en uno de los agujeros vacios. Soltó una carcajada ante mi cara de incredulidad, y me dijo mirándome “Siempre igual, nunca me doy…” Tomó otro trago de la botella y me pidió que la llevara a casa.
La llevé a casa y la dejé en el portal. Al día siguiente el padre me llamó, quería quedar. Quedamos en un bar del centro, le pasé en mano las últimas fotos robadas de su hija. Cogió el sobre en el que iban metidas y me propuso un nuevo trabajo. Antes de decirme siquiera en qué consistía me pasó un sobre en el que debía de haber unos diez mil euros en billetes de cien. Eso me mosqueó bastante, pero esperé a que me hiciera la oferta. Quería que trabajase para él, para investigar a clientes y socios. Me dijo que el primer caso me lo daría esa noche en su propia casa. En un papel me apuntó la dirección y se marchó diciendo a las ocho; no lo olvides. No le comenté que ya había llevado a su hija a casa. Asentí inmediatamente con la cabeza.
Aparqué mi coche enfrente de la entrada a su casa. Llamé al telefonillo pero no parecía haber nadie. Espere unos minutos y llamé un par de veces más. Cuando decidí marcharme apareció la hija en un Mercedes SLK negro brillante. Me espetó “Sube” y obedecí. “Ya me dijo mi padre que vendrías y que como iba a llegar tarde te atendiese hasta que él llegara”. Entramos a su casa y nos sentamos en el salón. Era justo como me lo había imaginado: sofás de cuero, mesa de cristal, una televisión de cincuenta pulgadas y decenas de libros en las estanterías. Algún cuadro y varias fotos de safaris y viajes. Por el gran ventanal del fondo se veía como el sol iba metiendo sus últimos rayos de luz.
Mientras esperaba sentado en el sofá que daba hacia el ventanal, la niña me trajo una cerveza y un cuenco con panchitos. Mientras pensé en lo jodidamente tarada que estaba la hija, entre otras cosas por la escenita del piso, la noche se iba echando sobre la ciudad. El teléfono de la casa sonó. Y al poco la nena vino al salón para decirme que el padre no podía venir ya que le había salido una reunión de última hora y llegaría a casa tardísimo. “Seguramente será una orgía…” dijo ella sin alterarse. Ante esto la chica me invitó a quedarme a cenar, y aunque sé que estuvo mal, decidí quedarme. Para cenar sacó unas cuantas cosas y una botella de vino. Cuando acabamos de cenar nos fuimos al salón. Allí seguimos bebiendo. Me susurró que no la dejara sola esa noche. Se volvió a abalanzar sobre mí, pero esta vez ya no me aparté. Acabamos en su habitación. Con el brillo de la luna entrando por la ventana la besé hasta la sombra. La luz del sol me despertó. Miré a mi alrededor asustado. Mi ropa estaba esparcida por toda la habitación. La recogí y me marché sin hacer ruido, pero al abrir la puerta de la habitación me sorprendió con un “Buenos días”; quería que me quedara a desayunar pero ya había metido la pata lo suficiente.
Debían ser las siete y media, y estaba ya en la puerta de mi despacho. Un sobre marrón en el buzón. Era el nuevo objetivo que me habían encomendado. Me alivió saber que no había perdido un cliente con pasta por ser un capullo. A primera hora de la mañana me llamó para confirmar que me había llegado la documentación. Me quitó un peso de encima saber que o no sabía lo yo que había hecho con su hija o que, por lo menos, no le importaba.
Esa mañana mientras me documentaba sobre el fulano que debía seguir me llegó un mensaje de texto a mi móvil. ¡Era ella! Decidí contestarla lo más cortes que pude diciéndola que fue un grave error por mi parte. A lo largo de la mañana me llegaron varios mensajes más pero decidí no contestarlos. Estuve unos días sin saber de ella. Sentí deseos de llamarla, me sentía incómodo; a parte del problema de la edad, si se entera su padre me corta en cachos y se lo echa de comer a los peces. Por tanto decidí llamarla, solo con la intención de saber si ella se encontraba bien. Cuando descolgó la llamada su voz se tornó ronca. Me contó que estaba jodida, que su padre sabía que se habían acostado juntos. Noté un escalofrío por todo el cuerpo. Empecé a mirar a mí alrededor escudriñando todos los rincones en busca de alguien que me mirara o que tuviera la pinta de que me iba a romper las piernas. Ella me dijo que al padre no le parecía mal. No sé por qué pero no me lo creí mucho. Empecé a sentir la Espada de Damocles sobre mi cabeza. Sabía que en cuando menos me lo esperara me iba a pasar algo. A partir de ese día, mientras me dedicaba a la vigilancia de los fulanos que papi me mandaba, la llamaba y hablábamos durante horas.
Aquella mañana, el hielo sobre mi coche me impedía trabajar en él. Así que pasé la mañana esperando en el bar enfrente del despacho del fulano de hoy. Me encontraba mirando por la ventana cuando sonó mi móvil. Era la primera vez que ella me llamaba, siempre era yo quien la llamaba. Volví a sentir un escalofrío por mi espalda. Tenía la voz temblorosa, se la notaba alterada. Intentaba mantener la calma pero la voz la delataba. Decidí abandonar la vigilancia e ir a verla. Me dijo que se encontraba en el piso del centro. Me dirigí allí. Cuando llegué unas gotas de sangre salpicaban el pasillo. Al entrar en el salón, ella estaba llorando en una esquina del sofá. Tenía la cara llena de sangre. Sus manos y ropa también. El miedo me paralizó un instante. Me acerqué a ella. De sus ojos ya no caían lágrimas. Al preguntarla me contó la verdad. Su padre realmente no sabía lo de aquella noche ni lo de las llamadas; cuando se enteró, se puso furioso. La dio una bofetada y la partió el labio inferior. Me dijo que yo también estaba en peligro, que había contratado a unos matones para que me dieran una paliza. Recordé la otra paliza que me dieron con unos “amigos” suyos el día de la orgía. La di un fuerte abrazo cuidándome de no tocarla la cara. La acompañé hasta el baño donde lavó su cara y manos. En una de las habitaciones tenía ropa limpia. Empezó a desnudarse mientras yo la miraba desde el quicio de la puerta. Me ofrecí a llevarla a casa pero prefirió ir en taxi, si el padre nos juntos veía se podía liar la cosa. Antes de irnos entró a la habitación del fondo y me trajo una Glock 17, embolsada y con dos cargadores llenos. Presentí que la necesitaría. Bajamos del piso por las escaleras y en el portal nos despedimos. Quedamos en no vernos en una temporada, por lo menos hasta que las cosas se calmen un poco. Decidí marcharme unos días fuera de la cuidad. Quizá era lo más sensato en su momento. Dejé a un buen amigo vigilando a la chica. No sabía de qué podía ser capaz la niña.
El primer día sin saber de ella fue duro. Debían ser las ocho de la tarde cuando mi teléfono móvil sonó. Me llegaba la primera información. Ella se encontraba bien. Eso me tranquilizó. Después de eso estuve cuatro días sin saber nada de ella. Tenía la necesidad de verla, tenía que ir a la ciudad a verla. Llamé a mi amigo, pensé que se había olvidado de mí. Me contó que no había pasado nada por eso no me había vuelto a llamar. También me dejó caer que ni se me ocurriera la idea de ir, los ánimos aún estaban caldeados.
Llevaba dos semanas sin verla y ya empezaba a encontrarme bastante cansado de la situación y decidí volver para verla. Ese mismo día recibí un mensaje en el móvil. Era ella, quería que nos viéramos esa misma tarde. El lugar del encuentro era la plaza del ayuntamiento, junto a la puerta. Llegué media hora antes de la cita para reconocer el lugar. Quizá fue el padre quien escribió el mensaje y lo hace para secuestrarme o yo que sé. No me pareció ver nada sospechoso. Ella apareció a la hora acordada, estaba preciosa. Jamás la vi tan guapa como ese día. Nos fuimos a un café cercano para poder hablar tranquilo. Me comentó su preocupación, su padre se pasaba días sin venir a casa, y cuando estaba su comportamiento era distante como si le molestara que ella siguiera ahí. Su padre la había cortado las tarjetas de crédito y le había congelado las cuentas del banco. Se encontraba viviendo en un estado policial. Ella no sabía si le habría puesto un detective o algún tipo de matón. Yo había bajado la guardia desde que la vi y en ese momento me puse a buscar entre la gente alguna mirada extraña pero no vi nada raro. O estaba empezando a bajar la guardia demasiado o me estaba volviendo paranoico. Su situación parecía insostenible. Su mirada estaba triste, a sus ojos les acompañaban unas ojeras de las que no me había dado cuenta antes. No sé muy bien por qué, pero empezaba a notar que podía estar en un peligro real. Estuvimos un rato hablando. Nos despedimos cerca de su piso del centro.
Dos calles más abajo, apunto de coger mi coche dos maromos de dos metros me cogieron por la espalda y me dieron una paliza, como consecuencia: dos costillas rotas, un hombro dislocado y la nariz fracturada, aparte de contusiones por todo mi cuerpo y una rotura de ligamentos en la pierna derecha. Al día siguiente ella fue a verme al hospital, cuando entró yo estaba aún dormido por los medicamentos que me dieron. No sé cuánto tiempo estuvo ella allí, esperando a que me despertara. Cuando comencé a despertarme la vi llorando. Mirándome desde la silla al borde de la cama. Sus ojos rojos me sorprendieron, se puso a hablarme mientras yo acababa de despertar, se que estuvo un rato conmigo pero debí dormirme por efecto de los somníferos y cuando me desperté otra vez ella ya no estaba. Me preocupé bastante, de tal modo que llamé a mi amigo para que volviera a seguirla pero en todo el día no consiguió encontrarla. Al día siguiente, me enteré de la noticia. Se había volado la cabeza con la Colt. Intenté salir del hospital pero me fue completamente imposible, tenía la pierna escayolada.
-Y eso es todo lo que sé, agente.
-Entiendo, ¿seguro que no recuerda más?
-En absoluto, lo siento.
- Muy bien, gracias por su colaboración.
- Lo siento, suena mi teléfono.
-Tranquilo, le dejo descansar ya.
-Gracias.

-¿Quién es?
-Antonio.
-La misión está acabada.
-Bien, ¿Tú, cómo estás?
-Bien, dolorido. ¿Cómo está el padre?
-En los calabozos por las fotos que sacaste de la fiesta.
- Genial.
-Ya se acabó la competencia. Ya sabes que te espera el cheque.
-Si donde siempre. Ahora me toca desparecer unos días. Acabo de tener a la policía aquí.
- Bien. Ahora desaparece, ya tenemos lo que queremos.
-¿Cuándo llega el barco con la mercancía?
- Eso no es cosa tuya, tú desaparece.
- Vale. Ya nos veremos.
- Adiós.

~ por carlosbedia en 18, Septiembre. 2009.

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