La misión

•14, Junio. 2009 • 2 comentarios

Estaba sentada sobre el capó de un coche, enseñando el tanga sobre su pantalón deportivo y mascando chicle. Era la perfecta rubia,  alta, ojos azules y carita de niña. Y con esa pinta de golfa y deslenguada que dan un morbo especial. Su papi, un tío con  mucha pasta, me puso tras sus pasitos.

Estaba liada con uno de esos gilipollas con cara de malo y una scooter tuneada. Por mi le hubiera partido las piernas según le vi como le metía la mano por la parte trasera del pantalón, pero  soy todo un profesional. Cogí el enésimo cigarro con la mano izquierda, mientras sacaba fotos con la otra.  El tipo este arranco la moto y se la llevó, eso sí, para ello hizo un caballito con la moto mientras se alejaban calle abajo. Les seguí con el coche, durante más de 15 minutos, hasta que pararon en un parque. Eran las ocho y media y la noche empezaba a anochecer. El seguía subido en la moto y ella de pie justo, a su lado, le comía el morro. Dejé de mirar justo cuando ella se agachó entre sus piernas, y me volví a mi casa.

Al día siguiente, las fotos estaban encima de la mesa del despacho de papi. No estaban mal. Era grande, con un ventanal al fondo desde el que se veía toda la calle y una secretaria de vértigo.  El maromo, según lo que había oído, era el director financiero de no sé qué holding y creo que daba clases en alguna escuela de negocios o algo así, pero estaba más preocupado del funcionamiento de la empresa que de la vida de su hija. Cuando el apareció en la sala, yo me sobresalté. Era horondo y no muy alto, con un pelo canoso y una sonrisa de hijo de puta en la cara que asustaba. Antes de ver las fotos me pidió que le acompañara a tomar un café, nos subimos en el Porche 911 plateado  y me llevó a una cafetería al borde del mar. Allí le enseñé parte de las fotos que saque el día anterior. La verdad es que no se sorprendió mucho y esto sí que me sorprendió a mí. Pidió que el resto de fotos se las mandara por correo a un código postal.  El seguimiento volvió esa misma tarde. Justo después de clase, se subió a la casa de un tal Johnny, que no me pareció el capullo del día anterior. Allí estuvo hasta las nueve de la noche.  El día siguiente, yo esperaba dentro de mi coche a la puerta del colegio a que saliera al recreo pero no salió. Cuando me abroché el cinturón para marcharme escuché un toque en el cristal. El conserje del colegio me hizo señas para que bajara la ventanilla, y le hice caso. Ella me mando un mensaje en un papelito que decía algo así como “Sé quién eres, y se para quien trabajas. A las cinco recógeme en  la puerta trasera”.

Así fue, a las cinco puntual, allí estaba yo. Ella se subió en el coche sin preguntar y me dijo “Arranca, yo te indico.” La hice caso sin rechistar. Después de cinco minutos empezó con un “Sé que mi padre te paga para que me sigas”.  Tenía el mismo toque siniestro que papi y la misma sonrisa. Me estremecí. “Te pago el doble si no me tocas los cojones.”  Me gusta el modo de actuar de la nena, sabe cómo trabajar. “Mejor, espía a mi padre.”. Será una hija de puta, pero me gusta su estilo.

Esa misma tarde me puse con la nena a hacer unas supuestas fotos robadas, para mandárselas  al padre la mañana siguiente.

Cuando empecé a seguir al padre me di cuenta de que estaba metido en el fango hasta las orejas: sobornos, drogas, putas, pelotazos urbanísticos. Tenía bien diversificado su negocio, y seguro que también había algo más pero tampoco decidí asomarme mucho más a su vida.

Un viernes le seguí después de salir del despacho, hasta una casa en las afueras. Dejó el coche afuera y entro saludando a los dos rumanos de dos metros. Yo conseguí subirme a un árbol que había detrás de la casa, desde donde se veía todo el jardín trasero y parte del salón, por los amplios ventanales. En el patio trasero había unas veinte personas y dentro de la casa otras tantas.  Papi estaba hablando con el que parecía el dueño de la casa, ya que le estuvo dando whisky y puros durante toda la noche. Cuando los camareros que pululaban por la casa con champan, whisky, caviar y demás,  se marcharon se montó una buena fiesta. Empezaron a aparecer mujeres que se desnudaron y allí empezó una orgia de las que los romanos se sentirían orgullosos.

Uno de los animales que custodiaban el perímetro de la casa se percato de mi presencia en el árbol y subió  a por mí. Lo que sucedió después no fue nada bonito: patadas, puñetazos, golpes en la cabeza… Me partieron la cara y algunas costillas aunque por lo menos no encontraron la cámara de fotos que deje escondida en el árbol.

Una vez recuperado, en parte, quede con la hija para ver las fotos de la fiesta, ella no hizo la más mínima mueca con lo que vio; la verdad que empezaba a comprender ciertas cosas relacionadas con el carácter familiar. Se encendió un canuto que llevaba en una pitillera y me hecho todo el humo sobre la cara. Una lagrima bajo por su mejilla, creo que si la importó más de lo que me pareció en un principio. Decidí acompañarla hasta el piso que tenía en el centro, realmente era un piso que el padre compró hace años  y que ella utilizaba de vez en cuando como picadero o para montar fiestas. Subimos hasta el octavo, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.

Cuando entramos en su casa, fue derecha a la cocina y sacó una botella de vodka y dos vasos de chupito. Llenó los dos hasta el borde, los cogió y se los bebió de trago. Me contó entre lágrimas, que su madre había muerto en un accidente de coche con su hermano pequeño, iban al entrenamiento de futbol, en las afueras, cuando un camión se cruzó en carretera por la lluvia y arrollo al coche donde viajaban ambos. El padre nunca se recuperó y para evitar pensar en ello se centró en el trabajo dejando de lado a la hija. Me contó como el padre se dedicaba a emborracharse y a montar orgias y fiestas.  Llenó de nuevo los vasos y  dijo “¡Qué   se muera!” y esta vez me ofreció uno de ellos, brindamos y bebimos.  Se levanto de la mesa sin decir nada, fue hacia una estancia de la casa que tenia la puerta cerrada con llave, abrió la puerta y se dirigió hacia el fondo de la habitación , abrió el armario y sacó un revólver Colt del 38 especial y se pegó un tiro en la cabeza.

El velero

•2, Marzo. 2009 • 2 comentarios

La conocí mirando las gaviotas del puerto que entre los pequeños veleros se posaban desafiantes sobre el agua. Ella, sentada en un banco con una pierna subida al asiento, un pequeño bloc de notas apoyado en su rodilla donde dibujaba uno de los veleros amarrados. La mirada triste y la mano temblorosa  sujetaba un lápiz pequeño mordisqueado.

Me contó que la vida la había tratado mal, lloraba por un tío quince años mayor que ella. Y que desde hacía días que bajaba al puerto a dibujar los barcos. Yo al principio la conté que era escritor, pero luego tuve que reconocer que nunca me habían publicado nada, pero eso fue ya tomando un café en un bar pegado a la playa.

Ella siempre me dijo que quería volar y me pidió que la dejara secuestrarme hasta un lugar desconocido, en el que el mar besaba los pies del acantilado. Allí nos sentamos con los pies colgando sobre el furioso mar, queriendo llegar a tocarnos y no pudiendo. Allí me reveló su vida, sus viejas ambiciones escritas en un arrugado papel amarillento, con unas letras preciosas y con el corazón en la pluma. Es del todo cierto, que la vida no deja de sorprendernos, y allí sobre el embravecido mar me besó, sonrió y se marchó.

No la volví a ver, ni siquiera sé cómo se llama pero yo bajaba todos los días al mismo lugar donde la conocí, con la esperanza de verla y preguntarla el nombre. Pero no, nunca apareció no volví a saber de ella hasta que un día la encontré como un suicida, asomada al borde del precipicio amontonando maldiciones al borde del acantilado. Y saltó como Ícaro escapando con sus alas.

Bandadas de un gorrión

•24, Noviembre. 2008 • 6 comentarios

Aquella mañana, él se levantó de la cama, se aseó, se vistió, desayunó y la dejo la nota sobre la mesa del salón como cada mañana. Ella se levantó a eso de las diez, convencida de que encontraría la nota de cada mañana, donde él escribía todo lo que la quería, todo lo que la iba a echar de menos ese día y todo lo que harían cuando volviese del trabajo.

Esa mañana cuando ella se levantó se aseó y desayunó, para después leer la nota. La leerá pero sin ganas, como quién lee el mismo cartel en la parada del autobús. Vio la nota doblada por la mitad colocada en la misma esquina de la mesa, como siempre.

Esta mañana, cuando decidió abrir la nota dos lágrimas mojaron sus mejillas. Ella lo sabía, sabía perfectamente que había escrito, ella lo había pensado mil veces, pero pensaba que era más fácil mirar hacia delante que pararse y mirar lo que te rodea, con la ilusión de que los nubarrones se disipen. Porque, es cierto que muchas veces es más fácil esperar algo de los demás que de uno mismo; es más fácil esperar a que pase el chaparrón a plantarle cara.

Todo lo que me queda

Es la vacía pena del viajero que regresa.

Que tengas suerte,

Un agujero en mi alma,

Incesantemente recuerdo tus ojos,

Enmiendo los errores que hemos cometido.

Recordando tu sonrisa se iluminará mi camino.

Oscuro será mi camino, buscaré el lucero que me guíe.

La nota resbaló de las manos sus manos. Mientras notaba como las espinas de un rosal se clavaban en su corazón. Todo se empezó a hacer oscuro y violento, todo se empezó a nublar y a hacerse callejones sin salida.


Esa mañana ella volvió a releer todas las notas que él había ido dejando durante todos esos años. Y recordó perfectamente todo lo que habían hecho cada día desde que él decidió dejar las notas.

Aquella mañana, él salió por la puerta con las manos cruzadas en la espalda y un cigarro colgándole de la boca. Ella miró por la ventana y le vio sentado en el banco de enfrente del portal tal como le había visto el día que le conoció. Entonces, ella, entendió que el amor es un laberinto, que nunca va por el camino fácil, que nunca llega por casualidad, que los barrotes aun de oro cárceles son.

Volviendo a las andandas

•20, Noviembre. 2008 • 2 comentarios

Según el gran escritor Paulo Coelho, a quien admiro y venero, sostiene la teoría de que hay que dejar a la pluma un tiempo de reflexión, para que cuando vuelva a andar tenga algo que decir. No es que quiera excusarme en ello para  salvar mi etapa de inactividad,  lo mío es mas por aquello de “Es mejor  estar callado y parecer tonto, que abrir la boca y confirmarlo”.

Una vez entonado el mea culpa, me dedicaré a lo que quería desde el principio. Dice un buen amigo, foráneo para más señas, algo así como “Santander es tan sumamente pequeño que todo el mundo se conoce;  pero actúa como si no se conociese”. Lo peor no es que sea cierto, lo peor es que no hacemos nada. El otro día hablaba con mi amigo sobre esto, y me decía que quien se viene a vivir aquí y ve el panorama se sorprende. Yo por que tu sabes que no me asusto de nada ya, que si no seguro que estaría acojonado perdido.

De todas maneras yo tengo que decirle a mi amigo que a veces lo mejor es hacerte el tonto. Porque la vida hace que tengas unas experiencias en la que conoces a más hijos de puta que botellines de cerveza puedas beberte en un año, que en mi caso son muchos. Puede ser que me este equivocando al hacer tal gesto, pero amigo, por lo menos sé que si giro la  no es por negarle el saludo a nadie, es más que nada por no apelar a su madre y al resto de su familia. Es más puedo decir, que si no saludo no es por descortesía, si no por todo lo contrario si no lo hago es por educación. Porque la verdad es que  queda muy  feo llamar hijo de puta con todas las ganas del mundo en mitad de la calle, el trabajo, la clase,…

Así bien, como consejo a quien quiera; es mejor que no te saluden a que se mente a la familia.

Los olvidados.

•21, Junio. 2008 • 1 comentario

Sucede que a veces actuamos y decimos cosas, que en ocasiones sin querer y otras siendo unos cabrones, hacemos daño a la gente de nuestro entorno. Podemos decir que algunos se merecen, mas yo no estoy tan convencido. Cierto es que ay algunos que o nos joden o por lo menos lo intentan, pero en mi humilde opinión jamás debemos ser como ellos.

Puede sonar hipócrita saliendo de mi tales afirmaciones, pero es verdad, me he dado cuenta que a veces me he portado como un gilipollas y he hecho daño a personas que no tenían culpa de que yo sea tan necio. Ha habido quizá más personas de las que me gustaría. Pero es lo que hay. Ahora me toca predicar con el ejemplo y disculparme, es irrefutable que las he cagado mucho y he fastidiado amuchas personas pero ha habido tres con las que me he dado cuenta de que las he hecho mucho daño. No creo que sea el momento ni el lugar de dar nombres porque no sería elegante por mi parte pero seguro que aquellas personas lo saben y quizá no me perdonen jamás. No puedo rebatirlo, me he equivocado con ellas y aunque sea tarde debo disculparme de la mejor manera que sé si bien mi retorica es extremadamente inicua.

Quizá ahora seguiré durmiendo con el cargo de ser un imbécil, pero puede ser que algo más liviano se me haga el viaje sabiendo que aunque sea por un segundo algunas de esas personas a las que he fallado se ha reconocido en este articulo. No sé por qué he tardado tanto en darme cuenta pero no pretendo justificarme de haberles fallado pero quizá no sea quien ellos pensaba. Así es la vida.