Microrrelato Calle del Sol

•24, septiembre. 2009 • 1 comentario

Las mesas ya estaban vacías cuando Selene se dispuso a cerrar el bar. Miró por última vez que todo estuviera en su sitio antes de bajar la persiana metálica. El sol se comenzaba a vislumbrar entre los tejados.  Cuando llegó a su casa, la negritud de la noche se había despejado del todo. Se comenzó a desnudar para meterse en la cama, cuando oyó el murmullo de los vecinos. Una pareja de unos cincuenta años, que discutían por dinero. Selene recordó que nunca tuvo una relación que durara más de una noche. Solo los hombres que huían de  su pasado la veían, siempre al fondo de la barra, con un cigarro entre sus labios. Subterfugio de quienes viven mentiras. Esa misma noche su sueño se hizo eterno, desnuda en su cama el tiempo se paro; mientras el aire de la calle arrullaba su piel. Todo lo que dejó fue  un olor a azahar en las sabanas y cartas viejas de amor.

Microrrelato Calle del Sol

•24, septiembre. 2009 • Dejar un comentario

Las mesas ya estaban vacías cuando Selene se dispuso a cerrar el bar. Miró por última vez que todo estuviera en su sitio antes de bajar la persiana metálica. El sol se comenzaba a vislumbrar entre los tejados.  Cuando llegó a su casa, la negritud de la noche se había despejado del todo. Se comenzó a desnudar para meterse en la cama, cuando oyó el murmullo de los vecinos. Una pareja de unos cincuenta años, que discutían por dinero. Selene recordó que nunca tuvo una relación que durara más de una noche. Solo los hombres que huían de  su pasado la veían, siempre al fondo de la barra, con un cigarro entre sus labios. Subterfugio de quienes viven mentiras. Esa misma noche su sueño se hizo eterno, desnuda en su cama el tiempo se paro; mientras el aire de la calle arrullaba su piel. Todo lo que dejó fue  un olor a azahar en las sabanas y cartas viejas de amor.

La Misión

•18, septiembre. 2009 • Dejar un comentario

Estaba sentada sobre el capó de un coche, enseñando el tanga sobre su pantalón deportivo y mascando chicle. Era la perfecta rubia, alta, ojos azules y carita de niña. Y con esa pinta de golfa y deslenguada que dan un morbo especial. Su papi, un tío con mucha pasta, me puso tras sus pasitos.
Estaba liada con uno de esos gilipollas con cara de malo y una scooter tuneada. Por mi, le hubiera partido las piernas según le vi como la metía la mano por la parte trasera del pantalón, pero soy todo un profesional. Cogí el enésimo cigarro con la mano izquierda, mientras sacaba fotos con la otra. El tipo este arrancó la moto y se la llevó, eso sí, para ello hizo un caballito con la moto mientras se alejaban calle abajo. Les seguí con el coche, durante más de quince minutos, hasta que pararon en un parque. Eran las ocho y media y empezaba a anochecer. El seguía subido en la moto y ella de pie, a su lado, le comía el morro. Dejé de mirar justo cuando ella se agachó entre sus piernas, y me volví a mi casa.
Al día siguiente, las fotos estaban encima de la mesa del despacho de papi. No estaban mal. Era grande, con un ventanal al fondo desde el que se veía toda la calle y una secretaria de vértigo. El maromo, según lo que había oído, era el director financiero de no sé qué holding y creo que daba clases en alguna escuela de negocios o algo así, pero estaba más preocupado del funcionamiento de la empresa que de la vida de su hija. Cuando él apareció en la sala, yo me sobresalté. Era orondo y no muy alto, con un pelo canoso y una sonrisa de hijo de puta en la cara que asustaba. Antes de ver las fotos me pidió que le acompañara a tomar un café, nos subimos en su Porsche 911 negro y me llevó a una cafetería al borde del mar. Allí le enseñé parte de las fotos que saqué el día anterior. La verdad es que no se sorprendió mucho y esto sí que me sorprendió a mí. Pidió que el resto de fotos se las mandara por correo a un código postal. El seguimiento volvió esa misma tarde. Justo después de clase, se subió a casa de un tal Johnny, que no me pareció el capullo del día anterior. Allí estuvo hasta las nueve de la noche. El día siguiente, yo esperaba dentro de mi coche a la puerta del colegio a que saliera al recreo pero no salió. Cuando me abroché el cinturón para marcharme escuché un toque en el cristal. El conserje del colegio me hizo señas para que bajara la ventanilla, y le hice caso. Ella me mandó un mensaje en un papelito que decía algo así como “Sé quién eres, y se para quien trabajas. A las cinco recógeme en la puerta trasera”.
Así fue, a las cinco puntual, allí estaba yo. Ella se subió en el coche sin preguntar y me dijo “Arranca, yo te indico.” La hice caso sin rechistar. Después de cinco minutos empezó con un “Sé que mi padre te paga para que me sigas”. Tenía el mismo toque siniestro que papi y la misma sonrisa. Me estremecí. “Te pago el doble si no me tocas los cojones.”. Me gusta el modo de actuar de la nena, sabe cómo trabajar. “Mejor, espía a mi padre.”. Será una hija de puta, pero me gusta su estilo.
Esa misma tarde me puse con la nena a hacer unas supuestas fotos robadas, para mandárselas al padre la mañana siguiente.
Cuando empecé a seguir al padre me di cuenta de que estaba metido en el fango hasta las orejas: sobornos, drogas, putas, pelotazos urbanísticos. Tenía bien diversificado su negocio, y seguro que también había algo más pero tampoco decidí asomarme mucho más a su vida.
Un viernes le seguí después de salir del despacho, hasta una casa en las afueras. Dejó el coche afuera y entró saludando a los dos rumanos de dos metros. Yo conseguí subirme a un árbol que había detrás de la casa, desde donde se veía todo el jardín trasero y parte del salón, por los amplios ventanales. En el patio trasero había unas veinte personas y dentro de la casa otras tantas. Papi estaba hablando con el que parecía el dueño de la casa, ya que le estuvo dando whisky y puros durante toda la noche. Cuando los camareros que pululaban por la casa con champán, whisky, caviar y demás, se marcharon se montó una buena fiesta. Empezaron a aparecer mujeres que se desnudaron y allí empezó una orgía de las que los romanos se sentirían orgullosos.
Uno de los animales que custodiaban el perímetro de la casa se percató de mi presencia en el árbol y subió a por mí. Lo que sucedió después no fue nada bonito: patadas, puñetazos, golpes en la cabeza… Me partieron la cara y algunas costillas aunque por lo menos no encontraron la cámara de fotos que deje escondida en el árbol.
Una vez recuperado, en parte, quedé con la hija para ver las fotos de la fiesta, ella no hizo la más mínima mueca con lo que vio; la verdad que empezaba a comprender ciertas cosas relacionadas con el carácter familiar. Se encendió un canuto que llevaba en una pitillera y me echó todo el humo sobre la cara. Una lágrima bajó por su mejilla, creo que sí la importó más de lo que me pareció en un principio. Decidí acompañarla hasta el piso que tenía en el centro, realmente era un piso que el padre compró hace años y que ella utilizaba de vez en cuando como picadero o para montar fiestas. Subimos hasta el octavo, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.
Cuando entramos en su casa, fue derecha a la cocina y sacó una botella de vodka y dos vasos de chupito. Llenó los dos hasta el borde, los cogió y se los bebió de trago. Me contó entre lágrimas, que su madre había muerto en un accidente de coche con su hermano pequeño, iban al entrenamiento de fútbol, en las afueras, cuando un camión se cruzó en la carretera y no pudo esquivarlo. El padre nunca se recuperó y para evitar pensar en ello se centró en el trabajo dejando de lado a la hija. Me contó como el padre se dedicaba a emborracharse y a montar orgías y fiestas. Sentí cierto grado de complicidad. Llenó de nuevo los vasos y dijo “¡Qué se muera!” y esta vez me ofreció uno de ellos, brindamos y bebimos. Se levantó de la mesa sin decir nada, se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas con la manga de la camisa y se fue hasta el salón donde miraba por la ventana con los ojos perdidos entre la gente que paseaba. Se giró hacia mí, y con la voz temblorosa me preguntó si estaba casado. La negué con la cabeza. Afuera, el agua golpeaba los cristales. Se abalanzó contra mí y me besó en los labios, rápidamente me separé y me disculpé, recordé la escena del parque. Ella se repuso pero no se sonrojó. Se giró hacia el mueble bar cogió la botella de Jack Daniel´s y dio un trago.
Se dirigió hacia una de las estancias del fondo del piso, y trajo un revólver Colt del 38 especial y puso una bala en el tambor y lo hizo girar. Volvió a coger la botella de whisky y dio un largo trago. Puso el cañón sobre la sien derecha, echó hacia atrás el martillo y apretó el gatillo. El percutor golpeó en uno de los agujeros vacios. Soltó una carcajada ante mi cara de incredulidad, y me dijo mirándome “Siempre igual, nunca me doy…” Tomó otro trago de la botella y me pidió que la llevara a casa.
La llevé a casa y la dejé en el portal. Al día siguiente el padre me llamó, quería quedar. Quedamos en un bar del centro, le pasé en mano las últimas fotos robadas de su hija. Cogió el sobre en el que iban metidas y me propuso un nuevo trabajo. Antes de decirme siquiera en qué consistía me pasó un sobre en el que debía de haber unos diez mil euros en billetes de cien. Eso me mosqueó bastante, pero esperé a que me hiciera la oferta. Quería que trabajase para él, para investigar a clientes y socios. Me dijo que el primer caso me lo daría esa noche en su propia casa. En un papel me apuntó la dirección y se marchó diciendo a las ocho; no lo olvides. No le comenté que ya había llevado a su hija a casa. Asentí inmediatamente con la cabeza.
Aparqué mi coche enfrente de la entrada a su casa. Llamé al telefonillo pero no parecía haber nadie. Espere unos minutos y llamé un par de veces más. Cuando decidí marcharme apareció la hija en un Mercedes SLK negro brillante. Me espetó “Sube” y obedecí. “Ya me dijo mi padre que vendrías y que como iba a llegar tarde te atendiese hasta que él llegara”. Entramos a su casa y nos sentamos en el salón. Era justo como me lo había imaginado: sofás de cuero, mesa de cristal, una televisión de cincuenta pulgadas y decenas de libros en las estanterías. Algún cuadro y varias fotos de safaris y viajes. Por el gran ventanal del fondo se veía como el sol iba metiendo sus últimos rayos de luz.
Mientras esperaba sentado en el sofá que daba hacia el ventanal, la niña me trajo una cerveza y un cuenco con panchitos. Mientras pensé en lo jodidamente tarada que estaba la hija, entre otras cosas por la escenita del piso, la noche se iba echando sobre la ciudad. El teléfono de la casa sonó. Y al poco la nena vino al salón para decirme que el padre no podía venir ya que le había salido una reunión de última hora y llegaría a casa tardísimo. “Seguramente será una orgía…” dijo ella sin alterarse. Ante esto la chica me invitó a quedarme a cenar, y aunque sé que estuvo mal, decidí quedarme. Para cenar sacó unas cuantas cosas y una botella de vino. Cuando acabamos de cenar nos fuimos al salón. Allí seguimos bebiendo. Me susurró que no la dejara sola esa noche. Se volvió a abalanzar sobre mí, pero esta vez ya no me aparté. Acabamos en su habitación. Con el brillo de la luna entrando por la ventana la besé hasta la sombra. La luz del sol me despertó. Miré a mi alrededor asustado. Mi ropa estaba esparcida por toda la habitación. La recogí y me marché sin hacer ruido, pero al abrir la puerta de la habitación me sorprendió con un “Buenos días”; quería que me quedara a desayunar pero ya había metido la pata lo suficiente.
Debían ser las siete y media, y estaba ya en la puerta de mi despacho. Un sobre marrón en el buzón. Era el nuevo objetivo que me habían encomendado. Me alivió saber que no había perdido un cliente con pasta por ser un capullo. A primera hora de la mañana me llamó para confirmar que me había llegado la documentación. Me quitó un peso de encima saber que o no sabía lo yo que había hecho con su hija o que, por lo menos, no le importaba.
Esa mañana mientras me documentaba sobre el fulano que debía seguir me llegó un mensaje de texto a mi móvil. ¡Era ella! Decidí contestarla lo más cortes que pude diciéndola que fue un grave error por mi parte. A lo largo de la mañana me llegaron varios mensajes más pero decidí no contestarlos. Estuve unos días sin saber de ella. Sentí deseos de llamarla, me sentía incómodo; a parte del problema de la edad, si se entera su padre me corta en cachos y se lo echa de comer a los peces. Por tanto decidí llamarla, solo con la intención de saber si ella se encontraba bien. Cuando descolgó la llamada su voz se tornó ronca. Me contó que estaba jodida, que su padre sabía que se habían acostado juntos. Noté un escalofrío por todo el cuerpo. Empecé a mirar a mí alrededor escudriñando todos los rincones en busca de alguien que me mirara o que tuviera la pinta de que me iba a romper las piernas. Ella me dijo que al padre no le parecía mal. No sé por qué pero no me lo creí mucho. Empecé a sentir la Espada de Damocles sobre mi cabeza. Sabía que en cuando menos me lo esperara me iba a pasar algo. A partir de ese día, mientras me dedicaba a la vigilancia de los fulanos que papi me mandaba, la llamaba y hablábamos durante horas.
Aquella mañana, el hielo sobre mi coche me impedía trabajar en él. Así que pasé la mañana esperando en el bar enfrente del despacho del fulano de hoy. Me encontraba mirando por la ventana cuando sonó mi móvil. Era la primera vez que ella me llamaba, siempre era yo quien la llamaba. Volví a sentir un escalofrío por mi espalda. Tenía la voz temblorosa, se la notaba alterada. Intentaba mantener la calma pero la voz la delataba. Decidí abandonar la vigilancia e ir a verla. Me dijo que se encontraba en el piso del centro. Me dirigí allí. Cuando llegué unas gotas de sangre salpicaban el pasillo. Al entrar en el salón, ella estaba llorando en una esquina del sofá. Tenía la cara llena de sangre. Sus manos y ropa también. El miedo me paralizó un instante. Me acerqué a ella. De sus ojos ya no caían lágrimas. Al preguntarla me contó la verdad. Su padre realmente no sabía lo de aquella noche ni lo de las llamadas; cuando se enteró, se puso furioso. La dio una bofetada y la partió el labio inferior. Me dijo que yo también estaba en peligro, que había contratado a unos matones para que me dieran una paliza. Recordé la otra paliza que me dieron con unos “amigos” suyos el día de la orgía. La di un fuerte abrazo cuidándome de no tocarla la cara. La acompañé hasta el baño donde lavó su cara y manos. En una de las habitaciones tenía ropa limpia. Empezó a desnudarse mientras yo la miraba desde el quicio de la puerta. Me ofrecí a llevarla a casa pero prefirió ir en taxi, si el padre nos juntos veía se podía liar la cosa. Antes de irnos entró a la habitación del fondo y me trajo una Glock 17, embolsada y con dos cargadores llenos. Presentí que la necesitaría. Bajamos del piso por las escaleras y en el portal nos despedimos. Quedamos en no vernos en una temporada, por lo menos hasta que las cosas se calmen un poco. Decidí marcharme unos días fuera de la cuidad. Quizá era lo más sensato en su momento. Dejé a un buen amigo vigilando a la chica. No sabía de qué podía ser capaz la niña.
El primer día sin saber de ella fue duro. Debían ser las ocho de la tarde cuando mi teléfono móvil sonó. Me llegaba la primera información. Ella se encontraba bien. Eso me tranquilizó. Después de eso estuve cuatro días sin saber nada de ella. Tenía la necesidad de verla, tenía que ir a la ciudad a verla. Llamé a mi amigo, pensé que se había olvidado de mí. Me contó que no había pasado nada por eso no me había vuelto a llamar. También me dejó caer que ni se me ocurriera la idea de ir, los ánimos aún estaban caldeados.
Llevaba dos semanas sin verla y ya empezaba a encontrarme bastante cansado de la situación y decidí volver para verla. Ese mismo día recibí un mensaje en el móvil. Era ella, quería que nos viéramos esa misma tarde. El lugar del encuentro era la plaza del ayuntamiento, junto a la puerta. Llegué media hora antes de la cita para reconocer el lugar. Quizá fue el padre quien escribió el mensaje y lo hace para secuestrarme o yo que sé. No me pareció ver nada sospechoso. Ella apareció a la hora acordada, estaba preciosa. Jamás la vi tan guapa como ese día. Nos fuimos a un café cercano para poder hablar tranquilo. Me comentó su preocupación, su padre se pasaba días sin venir a casa, y cuando estaba su comportamiento era distante como si le molestara que ella siguiera ahí. Su padre la había cortado las tarjetas de crédito y le había congelado las cuentas del banco. Se encontraba viviendo en un estado policial. Ella no sabía si le habría puesto un detective o algún tipo de matón. Yo había bajado la guardia desde que la vi y en ese momento me puse a buscar entre la gente alguna mirada extraña pero no vi nada raro. O estaba empezando a bajar la guardia demasiado o me estaba volviendo paranoico. Su situación parecía insostenible. Su mirada estaba triste, a sus ojos les acompañaban unas ojeras de las que no me había dado cuenta antes. No sé muy bien por qué, pero empezaba a notar que podía estar en un peligro real. Estuvimos un rato hablando. Nos despedimos cerca de su piso del centro.
Dos calles más abajo, apunto de coger mi coche dos maromos de dos metros me cogieron por la espalda y me dieron una paliza, como consecuencia: dos costillas rotas, un hombro dislocado y la nariz fracturada, aparte de contusiones por todo mi cuerpo y una rotura de ligamentos en la pierna derecha. Al día siguiente ella fue a verme al hospital, cuando entró yo estaba aún dormido por los medicamentos que me dieron. No sé cuánto tiempo estuvo ella allí, esperando a que me despertara. Cuando comencé a despertarme la vi llorando. Mirándome desde la silla al borde de la cama. Sus ojos rojos me sorprendieron, se puso a hablarme mientras yo acababa de despertar, se que estuvo un rato conmigo pero debí dormirme por efecto de los somníferos y cuando me desperté otra vez ella ya no estaba. Me preocupé bastante, de tal modo que llamé a mi amigo para que volviera a seguirla pero en todo el día no consiguió encontrarla. Al día siguiente, me enteré de la noticia. Se había volado la cabeza con la Colt. Intenté salir del hospital pero me fue completamente imposible, tenía la pierna escayolada.
-Y eso es todo lo que sé, agente.
-Entiendo, ¿seguro que no recuerda más?
-En absoluto, lo siento.
- Muy bien, gracias por su colaboración.
- Lo siento, suena mi teléfono.
-Tranquilo, le dejo descansar ya.
-Gracias.

-¿Quién es?
-Antonio.
-La misión está acabada.
-Bien, ¿Tú, cómo estás?
-Bien, dolorido. ¿Cómo está el padre?
-En los calabozos por las fotos que sacaste de la fiesta.
- Genial.
-Ya se acabó la competencia. Ya sabes que te espera el cheque.
-Si donde siempre. Ahora me toca desparecer unos días. Acabo de tener a la policía aquí.
- Bien. Ahora desaparece, ya tenemos lo que queremos.
-¿Cuándo llega el barco con la mercancía?
- Eso no es cosa tuya, tú desaparece.
- Vale. Ya nos veremos.
- Adiós.

La misión

•14, junio. 2009 • 2 comentarios

Estaba sentada sobre el capó de un coche, enseñando el tanga sobre su pantalón deportivo y mascando chicle. Era la perfecta rubia,  alta, ojos azules y carita de niña. Y con esa pinta de golfa y deslenguada que dan un morbo especial. Su papi, un tío con  mucha pasta, me puso tras sus pasitos.

Estaba liada con uno de esos gilipollas con cara de malo y una scooter tuneada. Por mi le hubiera partido las piernas según le vi como le metía la mano por la parte trasera del pantalón, pero  soy todo un profesional. Cogí el enésimo cigarro con la mano izquierda, mientras sacaba fotos con la otra.  El tipo este arranco la moto y se la llevó, eso sí, para ello hizo un caballito con la moto mientras se alejaban calle abajo. Les seguí con el coche, durante más de 15 minutos, hasta que pararon en un parque. Eran las ocho y media y la noche empezaba a anochecer. El seguía subido en la moto y ella de pie justo, a su lado, le comía el morro. Dejé de mirar justo cuando ella se agachó entre sus piernas, y me volví a mi casa.

Al día siguiente, las fotos estaban encima de la mesa del despacho de papi. No estaban mal. Era grande, con un ventanal al fondo desde el que se veía toda la calle y una secretaria de vértigo.  El maromo, según lo que había oído, era el director financiero de no sé qué holding y creo que daba clases en alguna escuela de negocios o algo así, pero estaba más preocupado del funcionamiento de la empresa que de la vida de su hija. Cuando el apareció en la sala, yo me sobresalté. Era horondo y no muy alto, con un pelo canoso y una sonrisa de hijo de puta en la cara que asustaba. Antes de ver las fotos me pidió que le acompañara a tomar un café, nos subimos en el Porche 911 plateado  y me llevó a una cafetería al borde del mar. Allí le enseñé parte de las fotos que saque el día anterior. La verdad es que no se sorprendió mucho y esto sí que me sorprendió a mí. Pidió que el resto de fotos se las mandara por correo a un código postal.  El seguimiento volvió esa misma tarde. Justo después de clase, se subió a la casa de un tal Johnny, que no me pareció el capullo del día anterior. Allí estuvo hasta las nueve de la noche.  El día siguiente, yo esperaba dentro de mi coche a la puerta del colegio a que saliera al recreo pero no salió. Cuando me abroché el cinturón para marcharme escuché un toque en el cristal. El conserje del colegio me hizo señas para que bajara la ventanilla, y le hice caso. Ella me mando un mensaje en un papelito que decía algo así como “Sé quién eres, y se para quien trabajas. A las cinco recógeme en  la puerta trasera”.

Así fue, a las cinco puntual, allí estaba yo. Ella se subió en el coche sin preguntar y me dijo “Arranca, yo te indico.” La hice caso sin rechistar. Después de cinco minutos empezó con un “Sé que mi padre te paga para que me sigas”.  Tenía el mismo toque siniestro que papi y la misma sonrisa. Me estremecí. “Te pago el doble si no me tocas los cojones.”  Me gusta el modo de actuar de la nena, sabe cómo trabajar. “Mejor, espía a mi padre.”. Será una hija de puta, pero me gusta su estilo.

Esa misma tarde me puse con la nena a hacer unas supuestas fotos robadas, para mandárselas  al padre la mañana siguiente.

Cuando empecé a seguir al padre me di cuenta de que estaba metido en el fango hasta las orejas: sobornos, drogas, putas, pelotazos urbanísticos. Tenía bien diversificado su negocio, y seguro que también había algo más pero tampoco decidí asomarme mucho más a su vida.

Un viernes le seguí después de salir del despacho, hasta una casa en las afueras. Dejó el coche afuera y entro saludando a los dos rumanos de dos metros. Yo conseguí subirme a un árbol que había detrás de la casa, desde donde se veía todo el jardín trasero y parte del salón, por los amplios ventanales. En el patio trasero había unas veinte personas y dentro de la casa otras tantas.  Papi estaba hablando con el que parecía el dueño de la casa, ya que le estuvo dando whisky y puros durante toda la noche. Cuando los camareros que pululaban por la casa con champan, whisky, caviar y demás,  se marcharon se montó una buena fiesta. Empezaron a aparecer mujeres que se desnudaron y allí empezó una orgia de las que los romanos se sentirían orgullosos.

Uno de los animales que custodiaban el perímetro de la casa se percato de mi presencia en el árbol y subió  a por mí. Lo que sucedió después no fue nada bonito: patadas, puñetazos, golpes en la cabeza… Me partieron la cara y algunas costillas aunque por lo menos no encontraron la cámara de fotos que deje escondida en el árbol.

Una vez recuperado, en parte, quede con la hija para ver las fotos de la fiesta, ella no hizo la más mínima mueca con lo que vio; la verdad que empezaba a comprender ciertas cosas relacionadas con el carácter familiar. Se encendió un canuto que llevaba en una pitillera y me hecho todo el humo sobre la cara. Una lagrima bajo por su mejilla, creo que si la importó más de lo que me pareció en un principio. Decidí acompañarla hasta el piso que tenía en el centro, realmente era un piso que el padre compró hace años  y que ella utilizaba de vez en cuando como picadero o para montar fiestas. Subimos hasta el octavo, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.

Cuando entramos en su casa, fue derecha a la cocina y sacó una botella de vodka y dos vasos de chupito. Llenó los dos hasta el borde, los cogió y se los bebió de trago. Me contó entre lágrimas, que su madre había muerto en un accidente de coche con su hermano pequeño, iban al entrenamiento de futbol, en las afueras, cuando un camión se cruzó en carretera por la lluvia y arrollo al coche donde viajaban ambos. El padre nunca se recuperó y para evitar pensar en ello se centró en el trabajo dejando de lado a la hija. Me contó como el padre se dedicaba a emborracharse y a montar orgias y fiestas.  Llenó de nuevo los vasos y  dijo “¡Qué   se muera!” y esta vez me ofreció uno de ellos, brindamos y bebimos.  Se levanto de la mesa sin decir nada, fue hacia una estancia de la casa que tenia la puerta cerrada con llave, abrió la puerta y se dirigió hacia el fondo de la habitación , abrió el armario y sacó un revólver Colt del 38 especial y se pegó un tiro en la cabeza.

El velero

•2, marzo. 2009 • 2 comentarios

La conocí mirando las gaviotas del puerto que entre los pequeños veleros se posaban desafiantes sobre el agua. Ella, sentada en un banco con una pierna subida al asiento, un pequeño bloc de notas apoyado en su rodilla donde dibujaba uno de los veleros amarrados. La mirada triste y la mano temblorosa  sujetaba un lápiz pequeño mordisqueado.

Me contó que la vida la había tratado mal, lloraba por un tío quince años mayor que ella. Y que desde hacía días que bajaba al puerto a dibujar los barcos. Yo al principio la conté que era escritor, pero luego tuve que reconocer que nunca me habían publicado nada, pero eso fue ya tomando un café en un bar pegado a la playa.

Ella siempre me dijo que quería volar y me pidió que la dejara secuestrarme hasta un lugar desconocido, en el que el mar besaba los pies del acantilado. Allí nos sentamos con los pies colgando sobre el furioso mar, queriendo llegar a tocarnos y no pudiendo. Allí me reveló su vida, sus viejas ambiciones escritas en un arrugado papel amarillento, con unas letras preciosas y con el corazón en la pluma. Es del todo cierto, que la vida no deja de sorprendernos, y allí sobre el embravecido mar me besó, sonrió y se marchó.

No la volví a ver, ni siquiera sé cómo se llama pero yo bajaba todos los días al mismo lugar donde la conocí, con la esperanza de verla y preguntarla el nombre. Pero no, nunca apareció no volví a saber de ella hasta que un día la encontré como un suicida, asomada al borde del precipicio amontonando maldiciones al borde del acantilado. Y saltó como Ícaro escapando con sus alas.

Bandadas de un gorrión

•24, noviembre. 2008 • 6 comentarios

Aquella mañana, él se levantó de la cama, se aseó, se vistió, desayunó y la dejo la nota sobre la mesa del salón como cada mañana. Ella se levantó a eso de las diez, convencida de que encontraría la nota de cada mañana, donde él escribía todo lo que la quería, todo lo que la iba a echar de menos ese día y todo lo que harían cuando volviese del trabajo.

Esa mañana cuando ella se levantó se aseó y desayunó, para después leer la nota. La leerá pero sin ganas, como quién lee el mismo cartel en la parada del autobús. Vio la nota doblada por la mitad colocada en la misma esquina de la mesa, como siempre.

Esta mañana, cuando decidió abrir la nota dos lágrimas mojaron sus mejillas. Ella lo sabía, sabía perfectamente que había escrito, ella lo había pensado mil veces, pero pensaba que era más fácil mirar hacia delante que pararse y mirar lo que te rodea, con la ilusión de que los nubarrones se disipen. Porque, es cierto que muchas veces es más fácil esperar algo de los demás que de uno mismo; es más fácil esperar a que pase el chaparrón a plantarle cara.

Todo lo que me queda

Es la vacía pena del viajero que regresa.

Que tengas suerte,

Un agujero en mi alma,

Incesantemente recuerdo tus ojos,

Enmiendo los errores que hemos cometido.

Recordando tu sonrisa se iluminará mi camino.

Oscuro será mi camino, buscaré el lucero que me guíe.

La nota resbaló de las manos sus manos. Mientras notaba como las espinas de un rosal se clavaban en su corazón. Todo se empezó a hacer oscuro y violento, todo se empezó a nublar y a hacerse callejones sin salida.


Esa mañana ella volvió a releer todas las notas que él había ido dejando durante todos esos años. Y recordó perfectamente todo lo que habían hecho cada día desde que él decidió dejar las notas.

Aquella mañana, él salió por la puerta con las manos cruzadas en la espalda y un cigarro colgándole de la boca. Ella miró por la ventana y le vio sentado en el banco de enfrente del portal tal como le había visto el día que le conoció. Entonces, ella, entendió que el amor es un laberinto, que nunca va por el camino fácil, que nunca llega por casualidad, que los barrotes aun de oro cárceles son.

Volviendo a las andandas

•20, noviembre. 2008 • 2 comentarios

Según el gran escritor Paulo Coelho, a quien admiro y venero, sostiene la teoría de que hay que dejar a la pluma un tiempo de reflexión, para que cuando vuelva a andar tenga algo que decir. No es que quiera excusarme en ello para  salvar mi etapa de inactividad,  lo mío es mas por aquello de “Es mejor  estar callado y parecer tonto, que abrir la boca y confirmarlo”.

Una vez entonado el mea culpa, me dedicaré a lo que quería desde el principio. Dice un buen amigo, foráneo para más señas, algo así como “Santander es tan sumamente pequeño que todo el mundo se conoce;  pero actúa como si no se conociese”. Lo peor no es que sea cierto, lo peor es que no hacemos nada. El otro día hablaba con mi amigo sobre esto, y me decía que quien se viene a vivir aquí y ve el panorama se sorprende. Yo por que tu sabes que no me asusto de nada ya, que si no seguro que estaría acojonado perdido.

De todas maneras yo tengo que decirle a mi amigo que a veces lo mejor es hacerte el tonto. Porque la vida hace que tengas unas experiencias en la que conoces a más hijos de puta que botellines de cerveza puedas beberte en un año, que en mi caso son muchos. Puede ser que me este equivocando al hacer tal gesto, pero amigo, por lo menos sé que si giro la  no es por negarle el saludo a nadie, es más que nada por no apelar a su madre y al resto de su familia. Es más puedo decir, que si no saludo no es por descortesía, si no por todo lo contrario si no lo hago es por educación. Porque la verdad es que  queda muy  feo llamar hijo de puta con todas las ganas del mundo en mitad de la calle, el trabajo, la clase,…

Así bien, como consejo a quien quiera; es mejor que no te saluden a que se mente a la familia.

Los olvidados.

•21, junio. 2008 • 1 comentario

Sucede que a veces actuamos y decimos cosas, que en ocasiones sin querer y otras siendo unos cabrones, hacemos daño a la gente de nuestro entorno. Podemos decir que algunos se merecen, mas yo no estoy tan convencido. Cierto es que ay algunos que o nos joden o por lo menos lo intentan, pero en mi humilde opinión jamás debemos ser como ellos.

Puede sonar hipócrita saliendo de mi tales afirmaciones, pero es verdad, me he dado cuenta que a veces me he portado como un gilipollas y he hecho daño a personas que no tenían culpa de que yo sea tan necio. Ha habido quizá más personas de las que me gustaría. Pero es lo que hay. Ahora me toca predicar con el ejemplo y disculparme, es irrefutable que las he cagado mucho y he fastidiado amuchas personas pero ha habido tres con las que me he dado cuenta de que las he hecho mucho daño. No creo que sea el momento ni el lugar de dar nombres porque no sería elegante por mi parte pero seguro que aquellas personas lo saben y quizá no me perdonen jamás. No puedo rebatirlo, me he equivocado con ellas y aunque sea tarde debo disculparme de la mejor manera que sé si bien mi retorica es extremadamente inicua.

Quizá ahora seguiré durmiendo con el cargo de ser un imbécil, pero puede ser que algo más liviano se me haga el viaje sabiendo que aunque sea por un segundo algunas de esas personas a las que he fallado se ha reconocido en este articulo. No sé por qué he tardado tanto en darme cuenta pero no pretendo justificarme de haberles fallado pero quizá no sea quien ellos pensaba. Así es la vida.

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.